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El ejemplo de San José, custodiar y servir

Custodiar, tarea de todos, empezando por uno mismo

Pero custodiar, advirtió el papa Francisco, es vocación de todos: todos debemos custodiar la belleza de las realidades creadas; aquí, la evocación a San Francisco de Asís, cuidar a las personas que nos rodean, “especialmente a los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”.

Todos hemos de cuidar a los familiares, a los cónyuges, a los padres y a los hijos, a las amistades. “Sed custodios de los dones de Dios”, nos aconseja; porque en efecto, todo es don. Si fallamos en esto, dice, avanza la destrucción y el corazón se seca.

Si custodiar es responsabilidad de todos, y así lo comprenden y practican las personas de buena voluntad, lo es particularmente de “los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social”. Hay que cuidar la naturaleza creada por Dios, el medio ambiente. Pero hay que comenzar por nosotros mismos: “Para ‘custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida.

Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”; no es virtud de débiles sino de fuertes, como San José.

En efecto. De ahí la importancia de examinar la propia conciencia junto con una buena formación. Y si un sentimentalismo no integrado con la reflexión y la formación cristiana puede producir estragos, también los produciría una educación racionalista o voluntarista que no integrase los sentimientos y sus adecuadas, y necesarias, manifestaciones. Así lo expone Dietrich von Hildebrand, en su obra “El corazón: un análisis de la afectividad humana y divina” (Madrid 2009).

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El Hermano Asno

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